Con el tiempo seguimos viviendo, respirando, sonriendo e incluso, a veces, amando. Regodeándonos de banalidades y pregonando al olvido, en un intento por convencer al mundo de que todo está bien. Pero que, en realidad, busca sólo convencernos a nosotros mismos de que ya no voltearemos al oír un nombre.
Llegado un punto hasta nos creemos fuertes y superados, para no admitir que las lágrimas que aprendimos a aguantar nos delatan débiles y vencidos.
Porque no. Por más que lo intentemos, no se va. El recuerdo no desaparece. Nunca.